Martes 21 de julio. Día lluvioso (incluso se había pronosticado una tormenta eléctrica).
La oscuridad llega precipitadamente; las nubes juegan papel importante en ello.
Me apresto a salir. La cita es a las 21 horas (tengo tiempo de sobra para llegar).
Verifico tener todo lo necesario. Repaso en un papel los números de las micros que me son de utilidad para llegar a destino (escogí “menor cantidad de combinaciones” en la página de Transantiago).
Ya hice uso del transporte público. Camino por avenida Matta: las posibilidades que un auto me moje son bajas (aun cuando la lluvia cae incesantemente).
Veo tan poca gente en mi trayecto que pienso que el recital pudo haberse suspendido (no he podido leer las noticias de los blogs debido a una falla en el programa que utilizo para ello).
Llego al Teatro Caupolicán. El movimiento es alto (se esfuma inmediatamente de mi mente la idea anterior).
Me quedo un momento afuera.
No conozco a nadie personalmente que guste de la música de Cat Power: esta noche estoy solo.
Ordeno las ideas. Entro. El lugar está casi vacío: como mucho 3 filas de personas frente al escenario.
Busco un lugar tranquilo y alejado (me siento en las escaleras).
Espero.
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