01
Feb
10

La Pequeña Gigante: sábado 30 de enero

Esta vez fui solamente en la tarde porque el calor era demasiado intenso en las primeras horas. Se me traspapelaron un poco los horarios y solo pude llegar cuando el señor Escafandra ya estaba posicionado en la Plaza Bulnes en espera a que llegara su sobrina, La Pequeña Gigante.

El viaje lo realicé en Metro bajo el supuesto evidente que la Alameda estaba cortada y que bueno, subirse a una micro me iba a llevar a lugares insospechados. Una vez en el tren subterráneo por los parlantes avisaban a quienes iban a ver el espectáculo que no se bajaran en la estación La Moneda porque la cantidad de gente era demasiada, de modo que recomendaban Los Héroes o bien Universidad de Chile. Yo opté por esta última.

Una vez en la superficie, la visión de la cantidad de gente me impresionó más que en la primera jornada. El calor era intenso y a lo lejos se podía divisar cómo el público era rociado con agua. El bandejón central estaba atestado de personas que intentaban evitar la exposición directa al Sol, cosa bastante natural… y necesaria en esas condiciones.

Como no había mucho que hacer hasta que la obra se pusiera nuevamente en marcha, decidí ir a dar una vuelta por las inmediaciones a ver cómo estaba el ambiente. De esta manera me encaminé a la Plaza de la Constitución, di un par de vueltas por el lugar (siempre con bastante gente, pero muchas menos que en la Plaza de la Ciudadanía y Bulnes) y al final decidí ingresar por Morandé.

Desde esta posición al menos era posible ver al señor Escafandra, pero no me convenció del todo. La espera, solo entre tanta gente, no era muy motivante por lo que seguí vagando por el sector. La ironía haría que terminara en el mismo lugar donde empecé.

No tengo noción de la hora en la cual se reactivó la obra, pero ya estaba de vuelta en mi ubicación original en dicho momento. La Pequeña Gigante se acercó por la pista sur de la Alameda para reunirse con su tío, imagen que no logré ver del todo. Solo cuando se acercó al señor Escafandra pude divisarla claramente.

Los niños, nuevamente, eran los más emocionados, pero en mi caso la distancia a la que me encontraba en ese momento, a tantos metros y de manera tan diferente al día anterior hizo que perdiera un poco el foco en la obra misma. Supongo que fue porque inicialmente asistí con la intención de ver al señor Escafandra de cerca y así dimensionarlo en su real magnitud, pero a la distancia la escala se distorsionaba un poco y eso no era lo que yo esperaba. Me desilusioné por ese lado: quizás soy más niño de lo que pensaba.

Luego del reencuentro, La Pequeña Gigante realizó un baile en el cual volaba por el aire animando a los asistentes y celebrando la reunión con su tío. Ahora, obviando ese acto en sí, creo que era tanto o más interesante ver las expresiones del tío, cómo seguía los movimientos de su sobrina de una forma tan natural… si no existiese tanto esmero en las expresiones faciales de estos gigantes, el asunto sería distinto. No sé qué tanto, pero lo suficiente como para no enganchar con la obra de manera tan directa.

Finalmente, La Pequeña Gigante avanzó hacia su tío para luego dormir en su regazo, lo que daría por finalizado el segundo día de espectáculo. Y bueno, aquí sufrí otra pequeña decepción pues esperaba que la gente de Royal de Luxe se las ingeniara para mover a ambos personajes al mismo tiempo. Y me refiero a grandes movimientos, aquellos que exigen la destreza física de los miembros de la compañía. En fin, no ocurrió.

El espectáculo había llegado a su fin, pero por alguna razón no quise abandonar el lugar. Estuve largo rato sentado en la acera sur de la Alameda, con los pies en la calzada viendo la gente pasar. Y pasó mucha gente. Y tiempo. La noche cayó y fui a deleitarme con la sensación de caminar por una vía prohibida habitualmente.

Eran las 22:00 horas y aun era impresionante la cantidad de gente recorriendo el sector. Ni pensar en que a corto plazo se abriera el lugar al tránsito vehicular. La gente se sacaba fotos profusamente en los alrededores del Palacio de Gobierno, los flashes inundaban el área y se cruzaban unos con otros. Los vendedores ambulantes ofrecían productos relativos a la obra que hace un rato había acabado mientras otros intentaban saciar el hambre de los asistentes con sus sándwiches y completos. La basura se esparcía por todo el lugar y los perros hurgaban buscando algo con lo que alimentarse.

Las personas se comportaban tal y como eran: los niños jugando, los adultos descansando en el pasto, los jóvenes pololeando, cada uno haciendo lo que deseaba hacer en ese momento. Había algo de libertad en el aire, una sensación de estar a gusto en ese momento y lugar.

Pero ya era tarde. Abandoné el sector y dirigí mis pasos por Ahumada. Allí me encontré con varias sorpresas, pero ellas corresponden a otra historia, una diferente.

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